Todos lo hemos hecho: cascar un huevo en la sartén, mirar la yema y pensar: «Seguro que es de una buena gallina». Una yema de color naranja brillante es señal de calidad, ¿verdad? Y una yema pálida grita «huevo de granja industrial». Esta idea está por todas partes: en las redes sociales, en las conversaciones en la cocina, en el mercado… Pero la verdad sobre el color de la yema es mucho más compleja de lo que creemos.
El color amarillo es principalmente una cuestión de dieta.
Hay algo que poca gente sabe: el tono de amarillo depende casi exclusivamente de lo que come la gallina. No de su bienestar, ni de su salud en general. Simplemente de lo que come.
Las gallinas que se alimentan con piensos ricos en carotenoides —pigmentos naturales presentes en el maíz, los pétalos de caléndula, la alfalfa o ciertas verduras— ponen huevos con yemas doradas o anaranjadas. Aquellas cuya dieta es más baja en estos pigmentos producen yemas más claras. Así de sencillo.
Una yema naranja no significa necesariamente que el huevo sea “mejor”.
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