Nuestras abuelas a veces tenían dichos muy sensatos. «Mantén los pies bien puestos en el suelo» no era solo una cortesía. Sentarse con las piernas estiradas, separadas a la anchura de las caderas, permite una mejor distribución del peso y favorece una postura más equilibrada.
Esta postura también te ayuda a mantenerte más estable, activa suavemente los músculos abdominales y te da una sensación de conexión con la tierra. Hoy en día, simplemente lo llamaríamos ergonomía, pero la idea sigue siendo la misma: respetar el diseño natural del cuerpo.
Cómo cambiar las cosas sin prisas
Si siempre has cruzado las piernas, no es necesario que dejes de hacerlo de la noche a la mañana. La clave está en alternar. Por ejemplo, puedes cruzar los tobillos en lugar de las rodillas, lo que reduce la tensión sin sacrificar una postura elegante.
Recuerda escuchar a tu cuerpo. Si sientes la necesidad de moverte, levántate unos minutos, estírate y cambia de postura. A veces, cruzar las piernas simplemente indica que la silla es demasiado alta. Un pequeño reposapiés puede marcar la diferencia.
¿Y si replanteáramos nuestra forma de sentarnos?
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